Columnista: Felipe Szarruk

Esta es la verdad, sin rodeos, sobre por qué las personas emigran a Estados Unidos y prefieren arriesgarlo todo antes que quedarse en sus países.

Estados Unidos ya no es lo que solía ser. Del famoso "sueño americano" queda muy poco. Hoy, lamentablemente, vemos cómo la película Idiocracy parece volverse realidad, y el país se ha convertido en un abismo de ignorancia, racismo y odio. Sus valores están colapsando. Irónicamente, una nación gigantesca, construida por inmigrantes—como la madre o la esposa del actual presidente—, está siendo destruida por los descendientes de aquellos mismos inmigrantes.

Sin embargo, hay aspectos en los que Estados Unidos sigue siendo único. Ningún país latinoamericano, ni siquiera Europa, posee ciertas características que le permiten a su economía funcionar de manera distinta. Yo también he vivido allá, y sé que nuestros países, sumidos en una corrupción sistemática, jamás podrán ofrecer lo mismo. En Estados Unidos no existe, a menos que sea por decisión propia, esa angustiante necesidad de dinero que se sufre a diario en lugares como Colombia, El Salvador, Venezuela y casi toda Latinoamérica.

Gracias a mi trayectoria en periodismo y música, he trabajado extensamente en Estados Unidos y acabo de regresar de un viaje a Texas, donde fui testigo del miedo y los cambios implementados por el gobierno actual. El ambiente es tenso; los inmigrantes indocumentados viven con temor, y con razón. Pero el problema va más allá: el odio no se dirige únicamente contra los indocumentados, sino contra cualquiera que no sea "blanco", ortodoxo y nacido en Estados Unidos. Se está replicando un modelo que históricamente ha llevado a la humanidad a sus momentos más oscuros.

Aun así, cualquier persona—y me refiero a cualquiera, incluso alguien con discapacidades que en nuestros países terminaría mendigando en la calle—puede levantarse cada día y, con trabajo honesto, generar ingresos suficientes para cubrir sus necesidades básicas. En Latinoamérica, poseer un automóvil o una casa es un lujo; en Estados Unidos, es parte de la estabilidad cotidiana.

La economía estadounidense es tan robusta que permite que alguien que lava platos en un restaurante envíe dinero a su país a un maestro o a un médico. Conozco innumerables profesionales—médicos, odontólogos, abogados, economistas y más—que han terminado trabajando como repartidores, meseros o en construcción porque en sus países simplemente no pueden permitirse vivir dignamente. Y esta, señoras y señores, es la realidad. No es un discurso inventado; es la triste confirmación de que, en nuestros países, la estabilidad económica es un privilegio reservado para los corruptos o los herederos.

Por eso, en lugar de preguntarse cuál es el “problema de la inmigración”, es mejor reconocer que Trump tenía razón en un punto: si en nuestros países se pudiera vivir con dignidad, nadie emigraría. Y esto se demuestra en que la mayoría de quienes se marchan regresan una vez han podido comprar una casa o una finca, asegurando su estabilidad financiera gracias a años de esfuerzo en Estados Unidos.

El problema de la inmigración no radica en la idea de que en Estados Unidos se encuentren ciudades hermosas o sea “la tierra de la libertad”. Porque, créanme, con conocimiento de causa, nosotros somos más libres que ellos. Allá viven en un estado policial, donde los abusos de poder son constantes y la vida en las calles está altamente regulada. No es un lugar divertido; hasta Disneylandia parece un cuartel con tantas normas y controles. Pero hay comida en la mesa…

En Bogotá, por ejemplo, comprar un queso es un lujo. Hacer un mercado digno cuesta lo mismo que un automóvil en Norteamérica. Un mes de salario equivale a dos días de trabajo en Estados Unidos. Los precios son mucho más altos; aquí pagamos tres veces más por un televisor que en Nueva York, lo mismo con los autos. Y lo más absurdo: en productos de la canasta básica, que supuestamente producimos, pagamos igual o incluso más que allá.

No hay mucho más que decir. La gente emigra a Estados Unidos para ganar dinero, porque es posible hacerlo. No se necesitan habilidades extraordinarias; alguien que en Latinoamérica no puede permitirse una hamburguesa, allá puede acceder a los bienes materiales que siempre deseó. En resumen, la gente emigra por necesidad, porque sus países no fueron capaces de brindar estabilidad económica. Y esa carencia ha desatado los problemas que hoy enfrentamos: violencia, delincuencia, corrupción y la miseria que vemos a diario en estas grandes fincas de terratenientes a las que llamamos hogar.

¿Soluciones? Difícil, porque no hay voluntad de cambio en ninguna parte. En este momento, la única respuesta que parece ofrecernos el universo es casi poética: un meteorito viene directo hacia nosotros (otra vez).

@felipeszarruk

Escrito el 2025-02-25 19:24:27
Felipe Szarruk

Felipe Szarruk