Columnista: Oscar Müller Creel

¡Que se frieguen! ¿a quién le importa?

Aquel sábado su hija le había dicho que se iría “de antro” con unas amigas y le encargó cuidar a los dos pequeños. El día siguiente, cuando notó que su hija no había acudido a dormir, se comunicó con sus compañeras quienes le comentaron que después de la fiesta, cerca de la una de la mañana, ella había tomado un taxi para volver a su casa.

Las apariciones de cadáveres de mujeres jóvenes en la región, era de todos conocida desde hacía casi una década y temerosa de que su hija hubiese sido víctima de un asesino, acudió ese mismo domingo a denunciar ante el Ministerio Público su desaparición y después de horas de espera, fue atendida por un sujeto que, con actitud despótica, le interrogó sobre las costumbres de su hija e insinuó que ella más bien “estaba pasando un buen rato por ahí”, escribió un acta que le hizo firmar y le informó que luego pasarían policías a su casa para obtener información.

Dos meses después, una patrulla de la policía se presentó en su casa y le informaron que ya habían encontrado a su hija y le pidieron que los acompañara. El contento que sintió ante aquella noticia se fue desvaneciendo en el trayecto, el vehículo salió de la ciudad y llegaron a un sitio despoblado donde le pidieron que bajara y una vez abajo le enseñaron una osamenta humana con restos de ropa y le preguntaron si podía corresponder a su hija.

El desgarrador grito de lamento hirió el silencio del desierto, la madre derramó lagrimas que pensaba ya estaban secas y reclamó a los policías su proceder, estos, indiferentes, insistieron que identificara aquel cadáver y ante la respuesta negativa, pretextaron tener mucho trabajo y se fueron en su vehículo, dejándola abandonada en aquel paraje despoblado.

Durante dos años había luchado junto a otras madres de jóvenes desaparecidas, exigían de las autoridades investigaran y esclarecieran los crueles asesinatos de sus hijas y, el problema ya había adquirido un tinte internacional, pues las continuas noticias de cadáveres de mujeres abandonados en despoblado eran motivo de los noticieros en muchos países y la pregunta que brotaba era: ¿Qué están haciendo las autoridades para resolverlo? Esto tenía a las autoridades nerviosas y molestas contra los grupos sociales que demandaban justicia.

Aquel día caminaba el trayecto de cerca de un kilómetro que tenía que recorrer para llegar a su casa cuando un vehículo le cerró el paso y dos hombres mal encarados se apearon y le increparon con amenazas que, si seguía insistiendo en exigir resultados a la policía, sus dos nietos iban a desaparecer.

Tuvieron que llegar a Ciudad Juárez, en México, representantes de organismos internacionales y expertos forenses de otras latitudes para que se evidenciara la falta de técnica y seguimiento de protocolos por las autoridades mexicanas, como lo hago notar en el artículo que el prestigiado Instituto Vasco de Criminología, me honró en publicar, prevalecían la demora para iniciar las investigaciones, la lentitud en las mismas y en algunos casos, la falta de actividad; la negligencia e irregularidades en la recolección y realización de pruebas e identificación de víctimas; la pérdida de información; el extravío de piezas de los cuerpos bajo custodia del Ministerio Público y la falta de contemplación de las agresiones a las mujeres como un fenómeno global de violencia de género.

Esto último adquiere un tinte muy especial, pues si la investigación policial se encamina a ver estos asesinatos motivados por el hecho que la víctima fuera mujer, tendría una dirección de investigación muy distinta a si se buscara otra motivación como el robo o las causas pasionales, pues en estos asesinatos se observaban situaciones comunes, como el hecho que la víctima y ejecutor no se conocían, la baja condición económica de la víctima y las huellas de violación y tortura eran una situación observable en la mayoría de los casos.

En otras palabras, el fenómeno adquiere el tinte de violencia de género, es decir el daño causado se motivaba por el hecho que las víctimas eran mujeres, por pertenecer a un círculo social que se caracteriza por su debilidad física y su vulnerabilidad, lo que les hace propensas a actos de violencia.

La intervención de los organismos internacionales obligó a México a adoptar una serie de medidas que se han venido desarrollando con el tiempo, como Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, del año 2007 y la derivación de recursos económicos a este fin para efectos de educación, salud justicia y otros; la atención médica y psicológica gratuita a mujeres y niños víctimas de violencia.

Otro de los aspectos es el de tipificar el delito de feminicidio en los códigos penales, lo que tiene una importancia que se dejó ver en los asesinatos de Ciudad Juárez, pues implica el que la investigación policial tome en cuenta las situaciones propias de la vulnerabilidad de la víctima y se encauce en consecuencia.

Pero en la práctica, la policía, el Ministerio Público y los jueces se han visto carentes de capacitación y medios para realizar las investigaciones de violencia contra las mujeres desde la perspectiva de género y la creación de la figura legal del feminicidio ha tenido poca acogida en el sistema penal mexicano. Es indudable que la solución a ese problema es capacitación e inversión.

¡Pero espere un momento, estimado lector!

Hay una solución más sencilla: ¿Qué les parece si desaparecemos el feminicidio de los Código Penales? Esta es la solución que el brillante Fiscal General del país, Gertz Manero, ha encontrado. ¡Retrocedamos en el tiempo, volvamos a la posición cómoda de antes, que se frieguen las víctimas a fin de cuentas son gente pobre ¿A quién le importa?!

Crédito de la imágen destacada: Arena Pública

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Escrito el 2020-02-19 20:00:25
Oscar Müller Creel

Oscar Müller Creel

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